Las monarquías absolutas
Los señores medievales se han ido doblegando poco a poco bajo la autoridad del rey que, con un ejército más poderoso, ha derribado sus fortalezas.
Se forman grandes naciones, unidas y sometidas a la soberanía absoluta de un monarca. España entera reconoce a los Reyes Católicos, Francia a Luis XI e Inglaterra a Enrique VII.
Estos reyes y sus sucesores se esfuerzan por construir Estados fuertes, para lo cual juzgan imprescindible gobernar con mano firme, en nombre, eso sí, del bien común. Y en nombre de ese bien común y de esa necesidad de un Estado fuerte, tratarán de lograr una Hacienda Pública con más medios, con una mejor organización y con un principio de autocontrol.
No del todo sofocadas las guerras en el interior de cada nación, surge el enfrentamiento entre naciones por apetencias territoriales y conflictos de intereses económicos o dinásticos. Y mantener un ejército exige considerables recursos financieros, que la Hacienda Pública obtiene recaudando tributos, no siempre equitativos.
Otros gastos públicos vienen motivados por la ampliación de la Administración pública, el mantenimiento y boato de la corte, el aumento de la población y el crecimiento de las ciudades. Al mismo tiempo, surgen los hombres de negocios y las actividades artesanales y comerciales experimentan un sustancial incremento.
En esta situación la Hacienda Pública necesita contar con una extensa organización burocrática para cobrar los impuestos, para contraer deudas cuando los gastos superan a los ingresos, para administrar los recursos públicos, para examinar y vigilar la actuación de sus recaudadores y pagadores.
Para hacer frente a los gastos colectivos no bastan los impuestos directos, que se reducían casi exclusivamente a los que gravaban a los propietarios de tierras. Hay que multiplicar los impuestos indirectos, que recaen sobre toda clase de artículos y productos de consumo.
Se implanta el impuesto del “papel sellado”, que gravaba todos los documentos oficiales. De él será heredero el Impuesto de Timbre del Estado, que durante tantos años ha proporcionado importantes ingresos al Tesoro Público, y aún hoy día perduran figuras tributarias muy semejantes.
Se prohíbe la fabricación y/o la venta de la sal, el plomo, el tabaco, etcétera, por los particulares, y se constituyen los correspondientes monopolios fiscales con las consiguientes rentas para la Hacienda Pública. Entre estas rentas llamadas “estancadas”, está la de la lotería.
Otros gravámenes se creaban atendiendo propuestas de los llamados “arbitristas”: personas que inventaban soluciones disparatadas para arreglar la situación de la Hacienda Pública.
También surgieron tributos que venían a sustituir –en dinero- las antiguas obligaciones –en especie- de los nobles o señores feudales, como la de preparar, mantener y avituallar tropa armada. Pero la mayoría de las exacciones eran de carácter indirecto, pues recaían sobre el consumo de las personas que entonces era de artículos de primera necesidad.